Friday, August 15, 2008

“El terror me hizo crecer”. Entrevista a Alberto Laiseca por Daniel Duque




(Buenos Aires, agosto 2008)

Alberto Laiseca nació en los suburbios de Rosario, Santa Fe (1941), y se crió en la localidad cordobesa de Camilo Aldao. En 1998 publicó su novela "Los Sorias" de más de 1500 páginas. Laiseca llegó a las masas mediante un programa de cuentos de terror que conducía por I-Sat, y por el canal Retro en el que presentaba películas vestido de monstruo.


Al llegar al edificio donde vive Alberto Laiseca en el barrio de Caballito, nos equivocamos y le tocamos al portero. “Somos los periodistas que venimos a entrevistarlo”. El hombre pensó que lo estábamos cargando. Una vecina que iba entrando nos preguntó: “Buscan a Laiseca, ¿no?”, y nos corrigió su departamento, a los segundos, el autor emergió de la oscuridad de un pasillo interno. Es fácil percatarse de su presencia, es un hombre alto y corpulento.

En su casa nos recibieron dos gatitas (Greta y Chop) y dos perros se asomaron desde el patio. El resto de la escena estaba compuesto por su cama y escritorio juntos, biblioteca de libros forrados y enumerados, botella de cerveza y ceniceros. Sobre el escritorio descansaba también su más reciente publicación: el “Manual Sadomasoporno” (editado por Carne Argentina), en él detalla técnicas sádicas y masoquistas mezclando aforismos, humor negro y esquizofrenia. Así inicia el libro: “Sadismo es amor. Masoquismo es ternura. Vampirismo es protección”.

Durante la entrevista Laiseca bromeaba con la fotógrafa, le llevaba la cuenta de sus fotos, cuando ella lo enfocaba rugía y transformaba su mano en una garra. Hacía chistes y los seguía de reflexiones. Es un monstruo que se ha convertido en autor y actor.

¿En qué está trabajando en estos momentos?

En muchas cosas. Estoy elaborando la segunda parte de mi “Manual Sadomasoporno” con leyes termodinámicas del sexo y demás, también ando contando cuentos de terror en vivo en el Centro Cultural ZAS, Moreno, y sigo dando clases en el Rojas, y acá en mi casa, ya llevo casi 20 años trabajando con alumnos. Y a veces me salen conferencias, la más reciente que hice fue en Escobar y hablé sobre el compromiso del escritor.

¿Podría contarnos un poco acerca de su “Manual Sadomasoporno”?

Es una historia de amor que comienza con un tipo que cree que se las sabe todas pero termina enroscado en el alambre de púas dando pataditas. La historia contempla un punto que es medular en toda mi obra: la humanización. Eso es lo más importante para mí porque yo fui un tipo muy inhumano, a los 17 años, créeme, que era bien malo, tanto que vos no tomarías un café conmigo.

¿Qué hacía?, ¿por qué era tan malo?

No me quiero ni acordar de lo que hice, y creo que tampoco importan las razones. Lo que sí importa es que me di cuenta de que iba a terminar mal y que la vida no era para eso.

¿Cómo se dio cuenta?

No lo sé. Esos son los misterios de la alquimia del alma. Lo cierto es que me comencé a humanizar con mis escasas armas, poco a poco, tardé décadas en hacerme una buena persona, útil a los demás y a mí mismo. Y eso se nota en mis obras, por ejemplo, en “Los Sorias”, mi novela maestra, en la que hablo de la humanización de un dictador, porque hasta un déspota se puede humanizar si quiere y si lo ayudan.

En cuanto a su faceta de narrador de cuentos de terror, ¿siente que le aporta a su labor como escritor?

Muchísimo, porque en primer lugar me humaniza, al obligarme a mirar y a escuchar a los otros, así como cuando comencé a tener alumnos. El gran secreto de la sabiduría es mirar y escuchar, sólo así podemos descubrir, no todo, eso es imposible. Hay misterios que no están al alcance de uno, que jamás lo estarán, pero siempre se pueden descubrir cosas nuevas del mundo y del alma humana.

A mí me gusta mucho llegar a los niños, pero es bueno y malo al mismo tiempo. Lo bueno es que les estimulo el gusto por la lectura. Sin lectura estamos perdidos, si los pibes no leen, cagamos. Pero lo malo es que no me puedo largar a decir cosas como que el monstruo le agarró las dos tetas a la pobre víctima y se las tironeó. Me restrinjo por respeto a ellos.

¿Cómo es la respuesta que obtiene de los niños?, ¿lloran?

No lloran, máximo se asustan. Los niños sólo lloran si vos hacés mala onda para hacerlos llorar.

¿En su infancia escuchó cuentos de terror?

Sí, iba a casa de unas viejitas en Camilo Aldao. Me daba miedo pero igual iba, creo que no hay otra manera de crecer. Eso busco también con los chicos a quienes les cuento historias. Esas señoras contaban cuentos verídicos, como que al Dr. Fulano lo enterraron vivo y se dieron cuenta cuando lo sacaron y estaba todo así (Laiseca encoje sus brazos y dedos y arruga la cara). Yo me quedaba tranquilito y ponía las orejas como Dumbo para escucharlas bien.

Cuando narra sus cuentos actúa. ¿Le gusta actuación?

Hace muchos años yo estaba muy mal y pensé en el suicidio, y estando solito en un lugar con un grabador comencé a hacer obras, fabricaba personajes y hacía todos los papeles. Eso me salvó. Pero jamás imaginé que iba a trabajar como profesional de la actuación, y hace poco hicimos la película “El Artista”, dirigida por Gastón Duprat, en la que interpreto uno de los papeles principales, y pronto actuaré en una película francesa con un papel chico.

¿Tiene el proyecto de volver a la televisión?

Sí. Tengo la intención y si uno quiere finalmente llega, pero para conseguir las cosas hay que tomárselo con calma, si te desesperas no pasa una mierda.

¿Cómo desarrolla esa paciencia?

Teniéndola, no hay otra. Te das cuenta porque mientras más impaciente te ponés peor te va, pasa con los trabajos, con las mujeres y con todo.

En entrevistas ha contado que tuvo una relación conflictiva con su padre, ¿quisiera hablarnos de su madre?

A mi madre la he tenido que reconstruir, porque murió cuando yo tenía tres años. Tengo un único recuerdo de ella, viéndola con una pollera acampanada amarilla llena de flores y pintando una cómoda de color gris. Le he preguntado mucho a la gente que la conoció para reconstruirla. También tuve una hermana mayor que sólo vivió unas pocas horas, pero eso me lo ocultaron. He tenido delirios con mi hermana durante toda la vida e incluso le hice un homenaje en mi novela “Las aventuras del Profesor Eusebio Filigranati”, y en otras obras también hago referencia.

¿Y usted creó familia?

Sí, tengo una hija.

¿Ella escribe?

No, dibuja y estudia biología. Yo no me meto ni con sus novios ni con su profesión. Ella sabe bien qué hacer. Parafraseando al Martín Fierro: “Un padre que da consejos más que padre es un amigo”, por eso le digo yo, cuando un padre lo quiera aconsejar me le vacía un cargamento completo con una M 16, de esas que usaban en Vietnam.

Usted tiene una colección de películas pornográficas y de terror, ¿podría comentar acerca de su interés por ambos géneros?

Yo soy muy exigente en cuestión de pornografía. Tengo 400 videos y diría que sólo 10 ó 12 son verdaderamente pornográficos.

¿Cómo definiría entonces lo que sí es pornografía?

No se puede hacer una definición general porque depende de tus predilecciones. A mí, por ejemplo, no me gusta la crueldad pero sí el teatro de la crueldad. Yo nunca vería o tendría una película en la que les hagan daño en serio a las chicas. También me gustan ciertas actitudes de falsa entrega. Una de mis favoritas es una película inglesa, que se desarrolla en Francia, el título tiene algo que ver con la Bastilla, no lo recuerdo bien. Se trata de tres chicas aristocráticas que castigan duramente a una sirvienta, porque se robó unos candelabros de plata para alimentar a sus padres, y justo viene la Revolución Francesa y unos hombres encierran a estas tres minas, que tienen unas tetas increíbles, y les dicen que ahora les va tocar a ustedes y les hacen de todo. Esa película la he visto muchas veces.

Le gusta la mezcla entre el terror y lo porno.

Eso es lo que más me gusta. A propósito le leo unos apuntes de mi Manual Sadomasoporno II (Laiseca busca unas notas en su escritorio, son escritos a mano. Lee): “Los encuentros son mágicos, pero las despedidas son siempre una vulgaridad”, Esa no era la que buscaba pero aprovecho el impulso. Sigo con esta otra: “Más celosas son, más corneadoras son. Impecable, la contradicción”. “Una mujer vestida es una mujer abstracta” (Laiseca se detiene para pedirle perdón a la fotógrafa quien en ese momento está en el piso fotografiando sus gatas. Laiseca prosigue). “¿De qué sirve una película en donde no hay mujeres desnudas?”. (Cierra sus apuntes).

El terror me gusta mucho porque me hizo crecer. Recuerdo que de niño mi papá me pasó un libro y me dijo: “Toma, seguro que te gusta”. Era “El Fantasma de la Ópera” de Leroux, y hasta el día de hoy lo releo. Incluso acá en casa le hice un homenaje en el que adapté cinematográficamente las partes más difíciles del libro.

Narra cuentos de escritores como Poe, ¿usted no ha escrito terror?

La verdad de la milanesa es que yo soy tan delirante, que me siento con las mejores intenciones, pero cuando empiezo me sale otra cosa, tal vez más cómica o pornográfica. El terror es un género muy estricto, como el de los cuentos para niños. Hay lineamientos, no puedes hacer lo que se te antoje, si te desvías te da otra cosa. “Pinocho” para mí es el paradigma de los cuentos para niños. Collodi no se movió del género y así produjo esa obra maestra. Creo que el único cuento de terror que logré es uno llamado “Perdón por ser médico”.

Veo esa botella de cerveza en su escritorio. ¿Le gusta mucho la cerveza?

Sí, es una bebida mágica, cura casi todo. Y en el otro mundo no hay ni tetas ni cerveza (mira a la fotógrafa) y tampoco pitulines para las chicas. Es muy aburrido. Así que mejor hacerlo todo acá. Sano consejo que le doy.

¿Cómo sabe que no hay eso en el otro mundo?

Porque lo veo, no soy ningún esotérico, pero por ser escritor, por escuchar y mirar mucho, se llegan a ver algunas cosas invisibles, que pueden ser visibles para cualquiera, también para vos.


Tuesday, August 12, 2008

Entrevista a Lucrecia Martel: La cabeza de “La mujer sin cabeza”



Buenos Aires, agosto de 2008.
El tercer largometraje de Lucrecia Martel, directora de ‘La ciénaga’ y ‘La niña santa’

Lucrecia Martel (Salta, Argentina) participó en el Festival de Cannes con su tercer largometraje ‘La mujer sin cabeza’, su tercer película que le sigue a ‘La ciénaga’ (2001), ganadora en los festivales de Berlín, la Habana, Toulouse y Sundance, y ‘La niña santa’ (2004), nominada a la Palma de Oro.

Por Daniel Duque

‘La mujer sin cabeza’ narra la historia de una mujer quien atropella ‘algo o a alguien’ mientras conduce de vuelta a su casa, luego de haber pasado una tarde en el club con sus amigas. En la película actúan María Onetto, Claudia Cantero e Inés Efrén; y fue rodada en la provincia de Salta (Argentina).

Hablanos de la nominación de ‘La mujer sin cabeza’ en el Festival de Cannes

Estos festivales significan mucha exposición en la industria cinematográfica y por parte de los medios de comunicación. Esto hace que la exhibición de la película, su contacto con el público, y posiblemente su comercialización, tengan un inicio muy fuerte. Por lo que para cualquier película de nuestro cine latinoamericano, que tiene un presupuesto muy acotado para promoción, estar en un festival así te cambia la vida. Sin estas opciones esto demandaría mucho tiempo y presupuesto, para hacer los contactos, mandar los Dvds., asegurarse de que vean la película. Con un festival así se asegura que en la première de la película una sala llena de 3500 espectadores entre los que hay muchos decisores de la industria cinematográfica europea y americana. Además de las presentaciones a la prensa. Esto conforma una situación única para una película.

Esta vez significó para mí un alivio por el componente grupal, ya que participaron otras películas argentinas y estuvo Pablo Trapero con su película ‘Leonera’ en la nominación oficial, al igual que ‘La mujer sin cabeza’. Me gusta el hecho de que hayan estado dos películas argentinas en competencia, porque eso desmiente la fantasía de que hay un sólo lugar para el cine latinoamericano.

Igualmente, Cannes es un festival que implica mucha presión. Como Director sabés que esta es una de las mejores cosas que le puede pasar a tu película, pero como ser humano sabés que es mucho compromiso.

Y vos ya te has venido haciendo un nombre en Cannes

En cierto modo sí, luego de haber estado en Cannes por ‘La niña santa’ me llamaron para que formara parte del jurado y eso fue un gran compromiso, porque habiendo hecho sólo dos películas tenía que opinar sobre el trabajo de directores que tienen más de 20 largometrajes. Esa posición implica una gran responsabilidad. Cannes es un festival en donde nadie tiene comprado el asiento, porque mucha gente quiere participar.

En ‘La mujer sin cabeza’ seguís trabajando con los hermanos Almodóvar, ¿cómo comenzó esta relación?

En el Festival de Rotterdam del 2002 un amigo de Pedro Almodóvar se me acercó para decirme que a él le había encantado ‘La ciénaga’ y que lo llamara para evaluar opciones de co-producción. Cuando regresamos a Argentina, y nos sentamos a pensar quién nos podría coproducir en España, se caía de maduro que había que hacer contacto con los hermanos Almodóvar quienes en su página ya habían hablado maravillas de ‘La ciénaga’. Luego de eso, conocí a Agustín y con los años se ha profundizado la relación.

¿La idea es que ‘El deseo’ siga co-produciendo tus películas?

Me encantaría, porque como co-productores son fantásticos. Sin embargo, los procesos de hacer películas son largos y tienen muchos factores alrededor. Con ellos desde el principio intuí que las cosas marcharían bien.

¿Te guiás mucho por la intuición a la hora de trabajar?

La intuición se puede dar de muchas maneras. Hay personas que son intuitivas en todas las etapas. Durante el rodaje la necesitás porque hay muchas cosas que solucionar. Para mí es más que todo valiosa a la hora de escribir, que es lo que más tiempo me lleva.

Hasta ahora has sido la guionista de tus tres películas, ¿no pensás en dirigir un proyecto que no hayas escrito?

Por supuesto, ese es el sueño de todos los directores que conozco, que te llegue un guión justo a tu medida. A mí me pasa que me mandan muchos guiones que tienen que ver con familias o vidas de pueblo.

¿Qué mensaje quieres transmitir con ‘La mujer sin cabeza’?

Hago películas por una infinidad de razones que van más allá de querer comunicar un mensaje. Para mí, hacer una película es un intento de compartir una experiencia de percepción de determinados eventos y acontecimientos. Transmitir un mensaje es algo muy preciso para lo que se necesita poco tiempo, pero en estas dos horas intento compartir una percepción del universo. No hago las películas intentando conmover o algo así. Mi búsqueda es que los espectadores penetren a un mundo que me resulta especial.

¿Qué te atrajo de la historia de ‘La mujer sin cabeza’?

Que está hecha con pequeños elementos que tienen que ver con el cine de los 70’s, e involucra aspectos del funcionamiento de la sociedad que de alguna manera siguen presentes hoy en día en Argentina. También me convocó la rara situación en la que queda alguien luego de un acontecimiento inesperado, como puede ser un accidente de tránsito, lo que ocasiona circunstancias que alteran la percepción e inducen a penetrar en un mundo más misterioso.

Cuando me preguntan: ¿qué va a ver la gente en esta película?, se me hace difícil dar una respuesta, porque pretendo que se sumerjan en algo. Sin embargo, la mayoría de la gente cuando va al cine busca sólo entretenerse. Esto no lo estoy diciendo como una crítica sino como una observación. A mí me encantaría que los espectadores de mis películas se dejaran llevar.

En Latinoamérica no estamos muy acostumbrados a eso, tal vez en Europa están más prestos a este tipo de cine.

Puede ser que en Europa estén más ejercitados en esta percepción. Sin embargo, creo que cuando las películas se basan en escenarios y situaciones que por lo general son ajenos al mundo del cine, como la familia en un pueblo, los espectadores sienten otro tipo de involucramiento.

¿Qué inspira tu narración?

Los relatos de la vida cotidiana. Las conversaciones familiares me interesan muchísimo, cómo se imparte la moral de padres a hijos. Estas experiencias las tenemos internalizadas, pero muchas veces no las tenemos conscientizadas. Sacar esto a la luz me resulta conmovedor.